Lisboa, una ciudad de locura


Tras varios días en la provincia de Extremadura y aprovechando su cercanía, me desplacé a Lisboa, la capital de Portugal. Tengo que confesar que iba poco informado. Me gusta llegar al sitio y ser sorprendido, no saber lo que me depara el viaje e ir descubriendo el lugar a cada paso que doy.

Me alojé en un coqueto apartamento del barrio Alfama, a escasos diez minutos de la estación de Santa Apolonia y muy cerca del Panteón Nacional. La primera impresión fue negativa, los prejuicios de nuestro país cuando viajamos al extranjero se hicieron presentes cuando el GPS me conducía por callejuelas estrechas y de complicadas maniobras. Los lugareños miraban con desconfianza, a sabiendas de que era forastero. Sin embargo, esa primera impresión se fue disipando con el paso de los días a medida que me adentraba más en su locura.

 Plaza del Comercio.

Lo más recomendable para viajar por Lisboa es el transporte público, muy bien organizado e indicado. Aunque al principio, como es lógico, es difícil orientarse, pero pasados un par de días por sus calles ya eres capaz de controlarlo. Tienes a tu disposición una tarjeta en cada estación de metro por 5 euros (más 0,50 la impresión de la tarjeta del primer día) que te vale para viajar en todos los transportes de la ciudad durante 24 horas y los días sucesivos la puedes ir recargando. No equivocarse con una de plástico que venden en la estación de tren, porque esa tan solo vale para usar el subterráneo. También existe la “lisboa-card” que la puedes comprar para uno, dos o tres días, que además de poder usar con ella todos los transportes tienes descuentos en numerosos museos.

Museo Arqueológico do Carmo, sin techo tras el terremoto que asoló Lisboa en 1755.

Con el transporte de la capital a tu disposición no hay rincón que no puedas explorar. Las zonas más conocidas son Barrio Alto, Baixa, Alfama, Chiado y Belem, también te indican cuando vas a la oficina de turismo situada en la gran Plaza Comercio, la zona en la que se realizó la “expo” del ’98, una barrio moderno en el que se encuentra entre otras cosas el aquario. Tanto el lugar de la “expo” como Belem están más alejados del centro, no como los primeros barrios que he mencionado que están tan cerca entre si que es un placer andarlos y explorarlos a pie sino tienes inconveniente alguno en subir y bajar cuestas.

Hasta Belem si me llevaron mis pasos, más que mis pasos, un autobús. Allí pude contemplar la espectacular fachada del Monasterio de los Jerónimos y la famosa torre vigía de Belem, situada junto al río Tejo, para nosotros más conocido como Tajo. En este barrio es donde se encuentra la popular pastelería lisboeta en la que se venden los famosos “pasteles de Belem” en grandes cantidades a los curiosos turistas. Al pasar por allí pude ver una gran cola que continuaba por toda la calle.

Torre de Belem y su réplica en primer plano.

En el caso de Barrio Alto y Chiado, son los lugares con más marcha y ambiente cuando el sol ya se ha acostado. Baixa, en cambio, es lo más llano de la ciudad y en él se ubican un gran número de restaurantes que con sus terrazas ocupan la mitad de las calles paralelas. Si caminas en este barrio a la hora de la cena te atacarán, te obstaculizarán y te atiborrarán con preguntas los camareros de los restaurantes que están con la carta en la mano, a la caza de nuevos clientes dominando el idioma del turista. Por último está Alfama, el barrio más medieval de la ciudad coronado por el Castillo de San Jorge, el que mejor conserva su pasado. Está lleno de callejones sin salida y callejuelas laberínticas por las que es aconsejable perderse sin mirar el reloj y contemplar las casas de los habitantes de la capital lusa.

Algo por lo que es conocido Lisboa en el mundo entero es por sus tradicionales tranvías: mitad de madera, mitad de metal; mitad amarillo, mitad blanco. Es pequeño y ruidoso, pero sin lugar a dudas su traqueteo es la mejor forma de conocer Lisboa. Como en todas las ciudades de obligada visita tienes autobuses para los guiris o, en este caso, tranvías rojos con recorridos turísticos, pero no hay nada mejor como montar en el número 28 sin una parada fija y contemplar desde la ventanilla la ciudad en estado puro.

Otra de las características de esta localidad son su azulejos y sus calles adoquinadas. Los azulejos están en todas las calles, especialmente en barrios como Alfama, pero las puedes encontrar tanto en viviendas de gente adinerada como en las de la gente más humilde. Además, si los azulejos portugueses son de tu devoción los puedes encontrar en ferias como la de Ladra, que se organizan durante casi todo el día los martes y los sábados junto al Panteón Nacional, eso si, por norma general a 10 euros la pieza. A parte de sus famosas baldosas se puede encontrar cualquier objeto que se te ocurra en las decenas de puestos que hay en este tipo de ferias.

Era la primera vez que viajaba a una ciudad tan grande y me encantó ese punto de locura que tenía; ese bullicio de vida; esa persona que te encuentras en cada calle dispuesta a enseñarte lo que sabe hacer ya sea dibujar o fotografiar, tallar o tejer,  y dispuesta a contarte sus experiencias; esos tranvías que todo el mundo se detenía para fotografiarlos; todo esto tan solo se apagaba en cuanto llegaba a la tranquilidad del apartamento.

Nota: puedes ver más fotografías de mi viaje a Lisboa en mi PORTOFOLIO.

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