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La asociación F-Stop y su cámara estenopeica


La asociación fotográfica F-Stop Durango celebró el 28 de abril el día internacional de la fotografía estenopeica a lo grande, y nunca mejor dicho. Este tipo de fotografía se hace mediante una caja y un pequeño agujero por el que pasa la luz, esta se refleja en un papel fotosensible y de esa forma se hace el negativo. Pues esto mismo hicieron algunos de los miembros del grupo el último domingo de abril cuando se colocaron delante del teatro San Agustín con una gran cámara que han bautizado como: “Big Mama 1.1″. Su próxima salida será el 18 de este mes con la participación en el mayo fotográfico de Eibar.

hecha por Javier Ferdo

hecha por Javier Ferdo

“Empezamos la construcción de la cámara hace más de un año, pero no ha sido de dedicación exclusiva”, asegura Benja Muñóz, miembro de la asociación, “de todas maneras no la damos por acabada”. Lo normal es que este tipo de fotografía se haga con cajas pequeñas, como las de galletas, pero F-Stop ha querido ir más allá y la han hecho con dos puertas. Además, tiene el laboratorio dentro de la propia cámara por lo que pueden revelar la imagen al instante. En estos momentos, el tamaño de las fotografías que están haciendo es de 30x40cm, “pero está diseñada para conseguir imágenes del doble de estas”, matiza.

hecha por Javier Ferdo

¿Tuvisteis alguna dificultad a la hora de crear la cámara?

El problema surgió cuando observamos que, para conseguir imágenes de ese tamaño, una persona debía permanecer dentro durante el tiempo que duraba la captura que, dependiendo de la luz, se puede extender a más de media hora. Con la modificación actual, se carga la cámara y se sale de ella sin que se vele el papel.

¿Qué os llevó a hacer una cámara de estas características cuando en estos tiempos en el mundo de la fotografía la gente solo habla de megapixeles?

No podemos dar una sola razón del porque de esta cámara. Por un lado queríamos ver, in situ, como se forma una imagen dentro de una cámara. Otra es la de conseguir fotografías estenopeicas de gran formato, con el aliciente del revelado en el momento. A diferencia de la fotografía digital, con este tipo de cámaras, desde su construcción hasta la captura de la imagen, la implicación del fotógrafo es prácticamente total. En una gran medida todo depende de él para conseguir un buen resultado, y no de otros elementos, como pasa, por ejemplo, en la fotografía digital. No dejan de sorprendernos los resultados tan potentes de una “máquina” tan básica. En comparación con el poderío de las modernas cámaras digitales, las estenopeicas las hacen palidecer.

hecha por Javier Ferdo

Se puede adelantar que participaréis con “Big Mama 1.1″ en el mayo fotográfico de Eibar el día 18 por la mañana en la plaza Unzaga, ¿qué es lo que haréis?

En Eibar presentaremos nuestras cámaras estenopeicas personales junto con una muestra de nuestras mejores imágenes. También colocaremos algún  diagrama explicativo de esta disciplina. Por supuesto, montaremos la cámara gigante. Haremos fotografías con ella, y si es posible también con las pequeñas. Y desde luego, contestaremos a todas las consultas que se nos hagan.

hecha por Javier Ferdo

¿Y haréis retratos a los asistentes?

Hacer fotografías a la gente implica la colaboración de la misma, ya que los tiempos de exposición son muy largos y hay que permanecer completamente quieto. En Eibar, si se puede, lo podríamos intentar. Con alguna cámara pequeña ya ha habido resultados.

hecha por Javier Ferdo

Estambul, atrapado entre oriente y occidente


Cuando vas a realizar un viaje a algún lugar en concreto, la gente de tu entorno te comenta su experiencia en ese lugar con la mejor de las intenciones. Sin embargo, hay ocasiones en las que eso puede ser perjudicial para tu viaje, porque tu imaginación creará unas expectativas que después no se cumplen. Eso es lo que ha sucedido con mi estancia en Estambul, la ciudad turca que se encuentra atrapada entre oriente y occidente.

hecha por Javier Ferdo

Mezquita azul al atardecer.

Era mi primera experiencia en un país extranjero, en el que iba a notar un cambio de cultura bastante drástico. Mis vacaciones veraniegas en Lisboa, me dieron la sensación de seguir en casa, en cambio, en la ciudad turca se aprecia que todo es diferente.

Salir del aeropuerto y entrar en la ciudad, es aconsejable hacerlo en metro y tranvía para llegar al centro, al barrio de Sultanahmet. A no ser que quieras arreglar el mes de uno de los taxistas y te haga una visita turística por los alrededores de la metrópoli.

Estambul es la segunda ciudad más poblada de Europa, según donde mires verás una cifra de habitantes u otra, pero allí viven en torno a 15 millones de habitantes, a estos hay que añadir los que no están censados en los registros y los miles y miles de turistas. Esta cantidad de personas lo notas en tu primer trayecto en el tranvía. En cuanto comienza a recorrer las zonas más céntricas se empieza a llenar y en cada parada ves que hay más gente dispuesta a entrar sea como sea. Sin duda alguna es tu primer contacto con los turcos, y más que cultural es un contacto físico, de hombro con hombro. La frustración llega al turista cuando tiene que bajar de esa lata de sardinas eléctrica con las maletas. Da igual que estés al lado de la puerta, como fue mi caso, te costará salir. Al principio tratas de hacerlo con cuidado y educación. Al final ves que sino empleas la fuerza tu trayecto en tranvía puede ser más largo.

Tras haberte instalado en tu hotel, en un hotel en el que los empleados tienen un dominio del inglés envidiable y que hiere el orgullo de uno, sales para comenzar a conocer la ciudad. En Estambul, en esta época del año, a las cinco de la tarde ya es prácticamente de noche y los restaurante se empiezan a llenar de turistas (principalmente norteños) sobre las seis, dispuestos a cenar a muy temprana hora, mientras que otros preferimos seguir paseando y conociendo la ciudad.

Hay que destacar, que esta gran ciudad es de religión musulmana, por lo que se pueden conocer las mezquitas. Estos edificios llaman la atención y destacan por encima del resto de las infraestructuras, especialmente para unos ojos acostumbrados a municipios cristianos. Estas construcciones, son muy distintas a las iglesias debido a que estas suelen estar incrustadas entre edificios en las grandes ciudades y pasan más desapercibidas. En cambio, los lugares para el rezo musulmán tienen su propio espacio, alrededor de ellos está despejado, por lo que son mucho más vistosas para los ojos turistas. Además, exteriormente son bastante similares con sus minaretes y sus cúpulas. Esta similitud se ve incrementada por la noche aún más, así que si vas guiando tus pasos por estos edificios es normal que acabes perdiéndote, como sucedió en mi caso.

Visita obligada

Como toda gran urbe turística hay lugares de visita obligada. En este caso son el Palacio Topkapi, Santa Sofía y la Mezquita Azul (la única de entrada gratuita), todos ellos ubicados en el barrio Sultanahmet y muy cerca uno de los otros. El primero de ellos es una especie de museo histórico de la ciudad que tantos pueblos ha acogido a lo largo de su historia en el que encontrarás todo tipo de objetos, desde aparatos sacados del mayor de los tesoros hasta artesanía nacional. Dependiendo de la persona, casi es más interesante disfrutar de las instalaciones del palacio, que en tiempos pasados fue la residencia de los sultanes, que de la propia muestra en sí.

hecha por Javier Ferdo

En el palacio Topkapi.

Los otros dos monumentos son unas edificaciones que quitan el habla, pese a no tener ni idea de arquitectura. Esas cúpulas enormes dejan a uno ensimismado y pensando ¿cómo es posible que eso se sostenga? Son ese tipo de experiencias que hacen a uno sentirse pequeño.

hecha por Javier Ferdo

Santa Sofía.

Estas visitas obligadas, se pueden hacer en un mismo día si estás dispuesto a perder varias horas en las colas de gente que espera hacer lo mismo que tú. Por el contrario, si dispones de más días en la ciudad lo aconsejable es dejar una para cada jornada, llegar sobre las diez de la mañana y disfrutarás de ellas con menos gente y sin esperas eternas.

El resto del día es aconsejable perderse sin mapa alguno, al final tus pasos te llevarán a las zonas de interés. Como la torre de Gálata, la plaza Taksim, el bazar de las especias o el gran bazar.

Para acceder a la famosa torre, primero hay que pasar el puente Gálata, el dilema es ¿por dónde es mejor atravesarlo, por arriba o por abajo? Si lo haces por abajo los relaciones públicas de los restaurantes que hay situados te acosarán en tu propio idioma y si lo haces por arriba tienes el peligro de que uno de los cientos de pescadores que hay te use como cebo en un descuido a la hora de tirar la caña al Cuerno de Oro.

hecha por Javier Ferdo

Pescadores en el puente Gálata.

Pasado el puente pierdes de vista la torre, pero en seguida darás con ella tras subir una empinada cuesta. Al llegar allí tienes dos opciones, esperar la cola y pagar la entrada para contemplar la ciudad o desplazarte unos metros más abajo e ir al bar Konak, que está situado en la tercera plata de un edificio y disfrutar casi de las mismas vistas desde la terraza, tomando un té o un yogur típico de la zona.

hecha por Javier Ferdo

La torre Gálata vista desde la terraza del bar Konak.

Cercano a la cafetería  y a la torre esta la calle que sube a la plaza Taksim, es una calle que se identifica con facilidad porque claramente es la más transitada de la ciudad y en la que están los comercios más conocidos y capitalistas del mundo occidental. La plaza en sí quizás no tenga excesivo interés para los turistas, pero sí que lo tiene para los locales ya que es un lugar de encuentro para ellos.

Desde Taksim sale lo que ellos llaman el funicular, un tranvía rojo y antiguo, que recuerda a los que recorren las callejuelas de mi añorada Lisboa. Sin embargo, tan solo es para bajar la calle que nosotros calificaríamos de Gran Vía. Además, tiene que ir a escasa velocidad porque parte en dos la avenida y por lo tanto, tiene que esperar a que la ingente cantidad de viandantes se aparten para poder seguir su camino. Es decir, que es más una atracción turística que un servicio.

hecha por Javier Ferdo

El tranvía bajando desde la plaza Taksim.

El Gran Bazar

Uno de los mayores reclamos de la ciudad, junto con los tres grandes monumentos, es el gran bazar. Está clasificado entre los más grandes del mundo, con miles de locales vendiendo sus productos. Se puede decir que está dividido en dos partes, lo que sería la estructura de un mercado con muchísimos locales y después, las calles que engloban el barrio en el que también puedes encontrar de todo.

Llama la atención que si ves una joyería habrá junto a ella otras veinte joyerías; si ves una tienda de zapatos, habrá otras tantas; una de ropa, al lado habrá más; que encuentras una de alfombras, pues no será la única… Y lo curioso, es que hay tiendas de cosas muy específicas: solo de tuercas, de cinturones, de cajas fuertes, de adornos navideños, de cuerdas de cortina… pero es que por muy extraño que parezca que haya tiendas tan especializadas, junto a ellas habrá tiendas que venden los mismos productos. En Estambul, la foto no es de un escaparate lleno de objetos que abordan la calle, no, eso es lo normal. La foto es encontrar un local en el que ponga “se vende” o “se alquila”, muy de moda por estos lares.

hecha por Javier Ferdo

El gran bazar.

También me gustaría destacar, que dentro del gran bazar, gestionando los establecimientos, no había mujeres. Daba igual que fuera una tienda de ropa de mujer, una joyería o una tienda de lencería de femenina, siempre era un hombre el que atendía. Ya en las calles de alrededor, si que se encontraban a mujeres haciéndose cargo del negocio.

Por estas tierras, es muy común que los dueños del local se dirijan al turista para ofrecerle sus productos, que incluso lo acosen hablando la propia lengua del turista. Se interesan de la zona de la que vienes, les contestas Bilbao y en seguida lo relacionan con el fútbol,  aunque en la mayoría de los casos tan solo mencionen al Real Madrid o al Barcelona. Y si después de esa breve charla, si te vas sin haberle comprado nada para tu sorpresa te llama “catalán”.

El tema del abordaje debió ser en tiempos pasados, sí que hay alguno de la vieja escuela, pero cada vez son menos los que intentan conseguir una venta donde probablemente no la hubiera habido en el caso de que no hubiese sido persistente con el visitante. Cada vez son más los que están escondidos en el fondo de su establecimiento perdido con su móvil o navegando con el ordenador. Cuánto daño está haciendo la tecnología…

hecha por Javier Ferdo

El gran bazar.

Una actividad que me pareció muy curiosa en todo el barrio del gran bazar, era el té. Esta infusión es muy característica de la ciudad, en todos los establecimientos bebían té, sino tenían el suyo propio lo compraban en los puestos que encontrabas a lo largo y ancho del barrio (y en general, de la ciudad). Cada puesto de té tenía un camarero que iba con una bandeja que se paseaba ofreciendo el brebaje por todos los puestos. Los que consumían la bebida al finalizar, dejaban el vasito de cristal junto a su puerta para que el camarero los recogiera. Me recordaba a los dientes de leche dejados bajo la almohada y la recogida del ratoncito Pérez.

hecha por Javier Ferdo

El té a toda velocidad por el gran bazar.

Con la fama que precede a este gran bazar, sales un poco decepcionado en el sentido de que los puestos de artesanos brillan por su ausencia y las baratijas que encuentras en todos los países las hay a diestro y siniestro. También se dice que es muy barato, a mi no me lo pareció, las cosas que merecían la pena había que pagarlas, como en todos los sitios. Si que había cosas baratas, pero eran de esas que cuando llegas a casa no sabes qué hacer con ellas.

Bajando las calles del barrio darás de bruces con otro mercado, este más pequeño y supuestamente más especifico: el Bazar de las Especias, cercano al puente Gálata y junto a la Mezquita Nueva. ¿Qué encuentras en este? Lo mismo que en el otro. Sí que hay puestos de especias, pero casi abundan más los de las baratijas.

Asia

Otro de los alicientes de la ciudad es que está dividida entre dos continentes, entre Europa y Asia. La parte asiática es lo que denominaríamos ciudad dormitorio, el día a día se vive en la parte europea y los turcos cruzan el Bósforo en barco, por el módico precio de tres liras (lo que vendría a ser 1,2 euros), para ir a trabajar .

Esta zona de la ciudad, es otro ambiente distinto. Sigue habiendo gente, pero ahora solo son gente local, apenas hay viajeros que se dejan ver, esos quedan encerrados en lo que viene en letras grandes en las guías turísticas. Aquí ya no hay inglés que valga, si quieres comer o comprar algo tendrá que ser por señas y con el dedo, dando a entender “quiero esto”. Las cartas de los restaurantes tan solo vienen escritas en turco, así que tienes que hacer como los niños pequeños, orientarte por los dibujos.

La parte asiática lo que tiene interesante para ver es el día a día de la gente humilde, como si fueran personas de un pequeño pueblo que viven fuera del ambiente al otro lado del estrecho. Me dio más sensación de contraste los barrios apartados de la zona turística, que lo oriente dentro de lo occidente y viceversa.

hecha por Javier Ferdo

Zona asiática.

Puestos callejeros

Especialmente en la zona turística de la parte europea abundaban los puestos callejeros. Para una mirada occidental choca que haya tantísimos y de cosas tan dispares, los había de mazorcas, de castañas, de mejillones, de frutos secos, de utensilios de cocina con madera de olivo, de té, de limpia zapatos, de camisetas, de zumos de granadas… hasta de pasta de dientes y de fotocopias.

hecha por Javier Ferdo

Puesto de mazorcas junto a la Mezquita Nueva y el puente Gálata.

Aquí es algo que se va perdiendo, recuerdo esos tiempos que parecen lejanos en los que había puestos por las calles de nuestras ciudades vendiendo obleas, por ejemplo. El único puesto que parece que aguanta el tipo es el de las castañas, ya que hay algunas localidades en los que parece que se mantienen en la época de este fruto.

En relación a los puestos callejeros, me llamó la atención de que no había gente pidiendo en la calle con un cartel intentando llegar sensibilizar a los paseantes con unas letras como encontramos aquí. Allí te ofrecían un servicio a cambio, todos los puestos mencionados no creo que tuvieran un sueldo con el que vivir con grandes comodidades, pero había gente a la que se le notaba más. Aún así, los había que se ponían con una báscula de peso y por un módico precio te podías pesar en la calle.

hecha por Javier Ferdo

Colocando la báscula en la “gran vía”.

Conclusiones de mi periplo en Estambul

En todo momento me impresionó la cantidad de gente que se movía por las calles, especialmente en las zonas más famosas tanto turistas como locales. Cuando viajamos, tenemos la absurda idea de que vamos a estar nosotros solos, que a ningún otro viajero se le ha ocurrido ir a pasar unos días al mismo sitio que a ti.

En lo que respecta a la ciudad en sí, me ha parecido que se ha quedado encerrada, entre dos mundos, se han querido occidentalizar en busca del supuesto progreso y se han quedado en tierra de nadie. Es una metrópoli en busca del turismo en masa, un turista que venga con la idea de gastar cuanto más dinero mejor y todos quieren su parte del pastel.

hecha por Javier Ferdo

Desde la terraza de un puesto de té, con vistas a la Torre Leandro y a la parte europea.

Está bien recorrer las zonas más turísticas, sería estúpido ir a Estambul y volver sin haber visto los tres grandes monumentos porque había mucha gente. Sin embargo, lo que de verdad recomiendo es perderse por donde no veas a gente con gafas de sol y cámaras de fotos al cuello, ahí es donde conoces el verdadero Estambul. Son barrios más reales, con los pies en el suelo, apartados del bullicio turístico donde se respira un aire y un ambiente que no está enfocado al excursionista convencional, como por ejemplo la zona asiática o el barrio que está situada junto a la muralla.

Como dijo mi compañero de viaje: “Hay veces que Estambul parece cutre”.

NOTA: Para ver más fotografías de mi viaje a Estambul visita mi PORTOFOLIO.

Homenaje a los fotógrafos minuteros en el Museo de Durango


El Museo de Durango homenajea a la fotografía minutera mediante una colección privada de fotografías de este estilo. En la muestra se pueden ver varias imágenes, pertenecientes al miembro de la asociación Gerediaga, José María Uriarte, realizadas por esta profesión casi extinguida. También se puede ver una cámara de cajón con las que se practicaba este curioso método fotográfico. La exposición estará hasta el 28 de octubre.

Este tipo de fotografía, de tener la imagen en papel casi al instante, nació porque hace no muchos años, la fotografía no estaba al alcance de cualquiera como ocurre ahora. En estos últimos años, esta técnica de obtener una imagen a través de la luz se ha vuelto algo muy cotidiano en nuestras vidas, prácticamente cualquiera puede hacer una foto, ya sea con su cámara o con un móvil.

Sin embargo, este acto tan cómodo para nosotros hoy en día, a comienzos del siglo XX era algo que solo se podían permitir unos pocos, los que tenían dinero accedían a un estudio fotográfico y quedaban inmortalizados. Pero para que todo el mundo tuviera acceso a la fotografía nacieron los fotógrafos minuteros. “Así es como se llamaba a un grupo de fotógrafos ambulantes que utilizaban una voluminosa cámara de madera, un cajón con un laboratorio portátil en su interior. Retrataban al aire libre y, tras un breve ritual, entregaban la foto revelada, fijada y lavada a sus clientes”, de esta forma comienza el libro que ha publicado el mismo dueño de las imágenes y que se podrá adquirir en el Museo.

Sobre esta profesión hay muy poca información y pocos fondos de fotografías, ”por lo que los álbumes familiares se han convertido en archivos, a pequeña escala, de estos singulares retratos”, explica en el libro. Por no haber, no hay ni un sitio exacto de donde nació la profesión, aunque se sospecha que fue en la península ibérica.

“Las imágenes que aparecen tanto en el libro, como las que se muestran en la exposición son compradas en mercadillos y en rastros. Al principio las podías comprar muy baratas, pero al ver que estaban tan cotizadas ahora les han subido el precio”, comenta Uriarte. En una de las fotografías se ve a un fotógrafo trabajando en la plaza de Ezkurdi de Durango y, en otra, a varios en una romería de San Antonio en Urkiola. Otra curiosidad sobre esta técnica, es que los mismos fotógrafos se construían sus cámaras, la que se puede ver en el Museo “es de un vecino de Abadiño que la compró en Uruguay por 2.000 pesetas”.

Lisboa, una ciudad de locura


Tras varios días en la provincia de Extremadura y aprovechando su cercanía, me desplacé a Lisboa, la capital de Portugal. Tengo que confesar que iba poco informado. Me gusta llegar al sitio y ser sorprendido, no saber lo que me depara el viaje e ir descubriendo el lugar a cada paso que doy.

Me alojé en un coqueto apartamento del barrio Alfama, a escasos diez minutos de la estación de Santa Apolonia y muy cerca del Panteón Nacional. La primera impresión fue negativa, los prejuicios de nuestro país cuando viajamos al extranjero se hicieron presentes cuando el GPS me conducía por callejuelas estrechas y de complicadas maniobras. Los lugareños miraban con desconfianza, a sabiendas de que era forastero. Sin embargo, esa primera impresión se fue disipando con el paso de los días a medida que me adentraba más en su locura.

 Plaza del Comercio.

Lo más recomendable para viajar por Lisboa es el transporte público, muy bien organizado e indicado. Aunque al principio, como es lógico, es difícil orientarse, pero pasados un par de días por sus calles ya eres capaz de controlarlo. Tienes a tu disposición una tarjeta en cada estación de metro por 5 euros (más 0,50 la impresión de la tarjeta del primer día) que te vale para viajar en todos los transportes de la ciudad durante 24 horas y los días sucesivos la puedes ir recargando. No equivocarse con una de plástico que venden en la estación de tren, porque esa tan solo vale para usar el subterráneo. También existe la “lisboa-card” que la puedes comprar para uno, dos o tres días, que además de poder usar con ella todos los transportes tienes descuentos en numerosos museos.

Museo Arqueológico do Carmo, sin techo tras el terremoto que asoló Lisboa en 1755.

Con el transporte de la capital a tu disposición no hay rincón que no puedas explorar. Las zonas más conocidas son Barrio Alto, Baixa, Alfama, Chiado y Belem, también te indican cuando vas a la oficina de turismo situada en la gran Plaza Comercio, la zona en la que se realizó la “expo” del ’98, una barrio moderno en el que se encuentra entre otras cosas el aquario. Tanto el lugar de la “expo” como Belem están más alejados del centro, no como los primeros barrios que he mencionado que están tan cerca entre si que es un placer andarlos y explorarlos a pie sino tienes inconveniente alguno en subir y bajar cuestas.

Hasta Belem si me llevaron mis pasos, más que mis pasos, un autobús. Allí pude contemplar la espectacular fachada del Monasterio de los Jerónimos y la famosa torre vigía de Belem, situada junto al río Tejo, para nosotros más conocido como Tajo. En este barrio es donde se encuentra la popular pastelería lisboeta en la que se venden los famosos “pasteles de Belem” en grandes cantidades a los curiosos turistas. Al pasar por allí pude ver una gran cola que continuaba por toda la calle.

Torre de Belem y su réplica en primer plano.

En el caso de Barrio Alto y Chiado, son los lugares con más marcha y ambiente cuando el sol ya se ha acostado. Baixa, en cambio, es lo más llano de la ciudad y en él se ubican un gran número de restaurantes que con sus terrazas ocupan la mitad de las calles paralelas. Si caminas en este barrio a la hora de la cena te atacarán, te obstaculizarán y te atiborrarán con preguntas los camareros de los restaurantes que están con la carta en la mano, a la caza de nuevos clientes dominando el idioma del turista. Por último está Alfama, el barrio más medieval de la ciudad coronado por el Castillo de San Jorge, el que mejor conserva su pasado. Está lleno de callejones sin salida y callejuelas laberínticas por las que es aconsejable perderse sin mirar el reloj y contemplar las casas de los habitantes de la capital lusa.

Algo por lo que es conocido Lisboa en el mundo entero es por sus tradicionales tranvías: mitad de madera, mitad de metal; mitad amarillo, mitad blanco. Es pequeño y ruidoso, pero sin lugar a dudas su traqueteo es la mejor forma de conocer Lisboa. Como en todas las ciudades de obligada visita tienes autobuses para los guiris o, en este caso, tranvías rojos con recorridos turísticos, pero no hay nada mejor como montar en el número 28 sin una parada fija y contemplar desde la ventanilla la ciudad en estado puro.

Otra de las características de esta localidad son su azulejos y sus calles adoquinadas. Los azulejos están en todas las calles, especialmente en barrios como Alfama, pero las puedes encontrar tanto en viviendas de gente adinerada como en las de la gente más humilde. Además, si los azulejos portugueses son de tu devoción los puedes encontrar en ferias como la de Ladra, que se organizan durante casi todo el día los martes y los sábados junto al Panteón Nacional, eso si, por norma general a 10 euros la pieza. A parte de sus famosas baldosas se puede encontrar cualquier objeto que se te ocurra en las decenas de puestos que hay en este tipo de ferias.

Era la primera vez que viajaba a una ciudad tan grande y me encantó ese punto de locura que tenía; ese bullicio de vida; esa persona que te encuentras en cada calle dispuesta a enseñarte lo que sabe hacer ya sea dibujar o fotografiar, tallar o tejer,  y dispuesta a contarte sus experiencias; esos tranvías que todo el mundo se detenía para fotografiarlos; todo esto tan solo se apagaba en cuanto llegaba a la tranquilidad del apartamento.

Nota: puedes ver más fotografías de mi viaje a Lisboa en mi PORTOFOLIO.

Thomas J. Abercrombie, fotógrafo


Woman draped in red chadri carries goldfinches in a cage on her head (Mujer vestida de rojo lleva jilgueros en una jaula sobre la cabeza), en Kabul (Afganistán) 1968

En una ocasión ojeando un libro de fotógrafos de la revista National Geographic, me encontré con la fotografía que encabeza esta entrada y me impactó al primer golpe de vista. Estuve mirándola durante un largo periodo de tiempo, con la mirada fija en ella. Algo que en los tiempos que corren cada vez consiguen hacerlo menos imágenes, porque estamos tan acostumbrados a ver tantas fotos a lo largo del día mediante Internet que al final las miramos sin llegarnos a fijar en ellas. Hay veces que me sorprendo a mi mismo viendo fotografías en las que no me detengo ni lo que dura un parpadeo.

Sin embargo, esta fotografía consiguió capturarme. Me impresionaba su sencillez, pero sobretodo el mensaje que transmitía. Hablaba por si misma, que digo hablaba, gritaba hasta quedarse ronca.

A raíz de eso comencé a interesarme por el autor, Thomas J. Abercrombie, y me ha gustado tanto su obra como sus anécdotas recorriendo el mundo y retratándolo.

Orígenes

Nació el 13 de agosto de 1930 en Stillwater, Minnesota (EE.UU.). Le pico el gusanillo de la fotografía cuando tenía 15 años  y su hermano mayor se había comprado una Leica en Italia. Se la pidió prestada para hacer un dibujo de ella y se construyó su propia cámara de espejos con una lente reciclada y unos pedazos de plástico. Su primera foto fue a su novia Lynn, con la que compartió toda su vida y que también fue fotógrafa.

Así es como entró en el mundo de la fotografía y poco a poco se fue haciendo su sitio hasta llegar a la National Geographic (1956). Revista con la que trabajó durante casi 40 años en los que hizo 43 artículos, 16 de ellos sobre el mundo musulmán, su gran pasión. Este oficio le llevó a recorrer todos los continentes, a dominar cinco idiomas (alemán, árabe, español, francés e inglés), aprendió a pilotar aviones y barcos, fue el primer reportero civil que estuvo en el Polo Sur y el primer periodista occidental al que le permitieron cubrir la peregrinación a La Meca y además, estuvo cerca de la muerte en más ocasiones de las que quería contar.

Anécdotas

En todos esos viajes recorriendo el mundo pudo llegar a juntar varias anécdotas de lo más inverosímiles. Por ejemplo, a finales de la década de los 60 mientras atravesaba un paso de montaña en Afganistán fue arrojado por su caballo y quedó colgado sobre un abismo mediante el talón al estribo. Unos años antes, en Cambolya, se encontraba en medio de una multitud furiosa deseosa de romper cualquier extremidad a un hombre americano y se las ingenio para convencerlos de que era francés. Y una de las hazañas médicas más legendarias de Abercrombie fue que en una ocasión amputó los dedos de los pies gangrenosos a un peregrino en el Tíbet con una simple navaja de bolsillo.

También cabe destacar que mediante sus viajes puso los pelos de punta a su superiores al ver las cuentas de sus gastos, ya que compraba cosas tan dispares como una oveja o una cabra para regalársela a unos beduinos; un avión ligero del modelo Cessna 185 para volar alrededor de Alaska; o dos fusiles AK-47 como “seguro del coche”, según su informe de gastos de Yemen. Sin embargo, a la hora de la comodidad era más bien austero, ya que solía tener un gasto medio diario de 17,54 dólares para comida y hoteles.

Mundo Islam

Su primer destino con National Geographic fue el Líbano cuando nunca había salido al extranjero, pero eso no le amedrentó. Consiguió que el presidente del país le recibiera en su casa y que le dejará fotografiarlo a él junto a su esposa en la comodidad de su hogar. Fue la primera vez que estuvo en Oriente Medio, pero no la única ya que regresó para recorrer casi todos los países de la zona.

Esto le sirvió para convertirse en el experto de la revista sobre el mundo árabe. Su devoción por el trabajo y por las ganas de informarse le llevó a leerse el Corán en árabe y se convirtió en musulmán, haciéndose llamar Omar en aquellas regiones. Además realizó cuatro peregrinaciones a La Meca tomando las primeras fotografías de la ciudad hecha para el mundo occidental.

En una ocasión, en Arabia, viajaba con su esposa Lynn cuando un jeque local le ofreció 30 camellos por ella. Tom respondió que no, que él quería 50 a cambio. Finalmente, el árabe rechazó el trueque y cuando el fotógrafo recordaba esta anécdota decía: “¿y qué haría yo con 50 camellos?”.

Retiro

En 1993, se jubiló y abandonó la revista que tantas alegrías le había dado. En su retiro comenzó a impartir clases de geografía en la Universidad George Washington y se adentró en el mundo de la astronomía, estudiaba las estrellas desde el patio de su casa todas las noches. Así fue hasta que el 3 de abril del 2006 en Baltimore, fue sometido a una operación de corazón abierto en la que se complicaron las cosas y falleció a los 75 años de edad.

Nota: Galería de Thomas J. Abercrombie para National Geographic.

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